Buenos Aires
Juntar los bordes de la noche
Renata Juncadella / Verónica Gómez /
Curaduría
Texto de Carolina Cuervo
Ago. 28, 2026 — Oct. 3, 2026
Acerca de la exhibición
En sus pinturas conviven creencias. Confían en la dimensión terapéutica del ejercicio del arte. Sospecho que además de pintoras son magas. O debería decir brujas, médiums, hechiceras, chamanas, curanderas, ¿espiritistas? Mujeres capaces de unir lo visible con lo invisible.
“Sí, como en los caleidoscopios o como en un yo circular a manera de cuarto de vestir, donde la que va a ser con máscara de anciana se prueba la máscara de la que fue con máscara de niña, y viceversa y sucesivamente.” O.O1
“(…) Lo corporizó en estos pequeños recintos clausurados del Día de los Muertos, donde todos los objetos son inútiles, y sin embargo parecen recién tocados por alguien que se acaba de ocultar, de disolver en ese aire impregnado y tenso, casi orgánico, porque es solo el depósito enrarecido, el amorfo cuerpo donde perduran en suspensión las moléculas de lo invisible.” O.O2
Podría empezar con “Había una vez”. Contar un cuento, imaginar diálogos o sonidos producidos por aquellos seres híbridos-objetos-cosas-persona-animal, representados en las pinturas de Verónica y Renata. Podría construir un relato, que narre, anime, historice, sitúe, todos aquellos espacios —internos o externos— y ornamentar el texto con la enumeración de las texturas y la variopinta paleta de colores que presentan.
Sus obras tienen cosas en común que el ojo enseguida relaciona: el mundo de los sueños, o debería decir el surrealismo, realismo mágico, y en ocasiones el terror gótico. El imaginario de la fantasía y la ciencia ficción. Abundan los símbolos, las referencias a la historia del arte, en escenas o escenarios, y el género del retrato.
De lo que no se ve a simple vista, pero se intuye, sus pinturas tienen en común que fueron producidas en el marco de un desplazamiento. Que son el resultado de impresiones de viaje. Concretos y posibles, físicos y mentales. Viajan y llevan imágenes dentro. Se espantan con lo desconocido al mismo tiempo que el espíritu se abre al descubrimiento. Juntan el borde de la tarde-noche con el borde de la noche-amanecer. El tiempo de un hemisferio con el otro. Viajan en el tiempo y el espacio.
Aunque saben que reunir las sombras en la pintura no significa llegar al fondo del asunto sino sobrepasarlo: meterse en las profundidades oceánicas, al interior de un tórax, en el estrecho espacio de una cápsula submarina. Enfrentarse con los muertos y los dolores, mirar a los ojos aquello de lo que no se habla, lo que se barre debajo de la alfombra. Alfombra de cuero de vaca.
En sus pinturas conviven creencias. Confían en la dimensión terapéutica del ejercicio del arte. Sospecho que además de pintoras son magas. O debería decir brujas, médiums, hechiceras, chamanas, curanderas, ¿espiritistas? Mujeres capaces de unir lo visible con lo invisible. De convocar algo que no se deja ver del todo, de hacer aparecer figuras, estados, presencias. De abrir la puerta al archivo multidimensional del alma, del que retornan imágenes desde distintas capas de la memoria, tan extrañas, incómodas, inestables, como familiares.
La pintura se presenta, según el caso, como herramienta, sistema de apariencias que se impone como realidad.