Buenos Aires

Habla para que pueda verte

Aizicovich /

Curaduría
Texto de Laura Códega

Jun. 1, 2026 — Ago. 8, 2026

Acerca de la exhibición

Las manos prehistóricas aludidas bien podrían ser las sombras de las de los alegóricos esclavos encadenados y encandilados en el fondo de la caverna.
Y en ese caso habría que pensar no sólo en cómo entender la historia de la humanidad a través de la historia del fuego, la luz y la electricidad, sino también de sus sombra, sus espectros, sus tinieblas.

No existe una única historia de la humanidad y menos una única forma de abordarla a través de la historia de la electricidad. Para eso habría que remontarse a interpretaciones tan variadas como las que vinculan a la electricidad con el fuego (elemento primordial
asociado al sol), al momento en que el humano interpretara al rayo como una fuerza celestial, o a mitos como el de Prometeo, quien robara el fuego del Olimpo y con ello la posibilidad de la ciencia y la técnica, y como castigo obtuviera ser condenado a que un águila devore diariamente su hígado.
La relación entre electricidad y energía divina es arcaica y profunda: Zeus lanzaba rayos, Thor controlaba las tormentas, Tláloc, Indra y Júpiter no se quedaban atrás en poderío. Para el siglo diecinueve la electricidad ocupaba el lugar simbólico de una sustancia peligrosa que externalizaba el sistema nervioso humano a todo el planeta. Mary Shelley en Frankenstein canaliza el imaginario de la época en la posibilidad de la energía eléctrica de animar materia muerta.
Resulta evidente que la humanidad no puede pensarse sin su simbiosis estructural con esta fuerza invisible y la forma más cercana de comprenderlo es observar sus efectos civilizatorios. Ya en la década de 1960, el gran teórico de los medios Marshall McLuhan, en libros como Understanding Media, veía la incorporación de la electricidad a la vida diaria como el gran shock perceptivo que sobrevino a la imprenta. Aquello que cándidamente denominó “aldea global” transformó drásticamente la sensibilidad humana,
la percepción tiempo-espacio y las formas de organización social hacia lo que hoy se percibe como una sinapsis entre arquitecturas mediáticas, guerra e ingeniería de la información.
Andrés Aizicovich presenta en esta muestra una serie de pinturas realizadas en óleo y acrílico sobre papel que podrían describirse como un conjunto de perfiles humanos enfrentados, alineados o escalonados —algunos emanan globos de diálogo vacíos — situados en un espacio flotante predominantemente monocromo. En el fondo —o superpuestas a las figuras— aparecen improntas de manos que remiten a las rupestres y por momentos fondo y figura se vuelven reversibles. Sobre este escenario, una red de líneas doradas configura un sistema cerrado de circuitos donde cada núcleo, electrodo o nodo evoca ojos sin párpados.
Durante la década del setenta, la editorial española Salvat editaba una llamativa colección de cien volúmenes de tapa dura, enfocada en temas de divulgación de historia, ciencia y arte: la Biblioteca Salvat de Grandes Temas. Uno de los volúmenes, de título CEREBRO Y CONDUCTA, exhibía en la portada la impresionante imagen de un niño de unos dos años con la cabeza cubierta por electrodos. Si bien el término electrodo —“camino de la electricidad” en su etimología griega— fue usado por primera vez en 1834 en la revista científica Philosophical Transactions of the Royal Society de Londres, no sería hasta el desarrollo de la electroterapia y la electroestimulación aplicadas a la medicina moderna que el término alcanzaría una circulación mayor. Actualmente los electrodos se han convertido en una interfaz entre individuos, datos y sistemas de control: leen el cuerpo, traducen señales biológicas en información digital, amplifican impulsos para volverlos analizables y son parte de la infraestructura de teléfonos, vigilancia
biométrica, inteligencia artificial, dispositivos médicos, interfaces cerebro-máquina, economías de datos, y algoritmos que interpretan conductas humanas.
Volviendo a las obras de Aizicovich, resulta oportuno observar que la red de electrodos panópticos que él describe no se encuentra en el mismo espacio conceptual que las manos y los perfiles sino que aparece superpuesta como si de una interpretación
sintética, y en clave de lo que se halla detrás, se tratara.
Un rayo uraniano traza el recorrido desde el fondo de los tiempos hacia el incognoscible futuro. Un rayo no sabe dónde irá a caer, porque esa es la propiedad del rayo. Hay dos conductas: la de la humanidad embelesada por su propia imagen, desplegando sus
manos como un niño; la de esas mismas manos cerrándose para empuñar un arma. Esta última es la que a su paso detona a Little Boy —nombre en clave con el cual Estados Unidos denominó a la bomba atómica lanzada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima el 6 de agosto de 1945—.
Las manos prehistóricas aludidas bien podrían ser las sombras de las de los alegóricos esclavos encadenados y encandilados en el fondo de la caverna. Y en ese caso habría que pensar no sólo en cómo entender la historia de la humanidad a través de la historia
del fuego, la luz y la electricidad, sino también de sus sombras, sus espectros, sus tinieblas.
El título de la muestra, Habla para que pueda verte hace referencia directa a la sinestesia, cuya definición diría que se trata del intercambio de la función de un sentido por otra. En este caso cambiar la palabra por la vista. El ojo humano, que capta luz y la convierte en señales eléctricas que el cerebro interpreta como visión, es exhortado a reaccionar al verbo. ¿Son negociaciones truncas, diálogos superfluos, respuestas a preguntas ausentes? ¿A que remiten los cuadros de diálogo vacíos que muestra Aizicovich
en sus pinturas? ¿Se trata de una mudez ideológica, patológica y epocal a la que nos fuimos condenando como especie en este tiempo dominado por un mal de ojo?. La frase también puede sonar como una actualización del postulado fundamental Pienso, luego existo donde Aizicovich cambia el pienso por el hablo. La misiva que hace es a dominar la caída del rayo con la palabra, y en eso tiene fe.
Dos humanoides parlantes en posiciones que podrían asociarse con fetal y de parto han recuperado sus cuerpos. A juzgar por sus órganos expuestos, son capaces de sentir. Pero la receta continúa siendo esquiva y la consciencia, chispa antigua, aguarda para
hablar, y como un veredicto dar su primera y última palabra.
Nikola Tesla ocupa el lugar de un hechicero moderno.