LUCILA GRADÍN

En la última década, la artista Lucila Gradín (Bariloche, 1981) ha colaborado con homeópatas, curanderas, filósofas y mujeres agricultoras para recuperar saberes que reconocen a las plantas como maestras y guías. Un punto de inflexión en su trabajo fue descubrir que toda planta medicinal también es tintórea, hallazgo que la llevó a comprender el color que emana de ellas como una onda expansiva de sanación.

Bio

La metodología de trabajo de Lucila subvierte las narrativas de la pintura occidental —disciplina en la que se formó— donde la vida vegetal ha sido históricamente reducida a un motivo decorativo o secundario. En cambio, la artista activa el metabolismo tintóreo de las plantas, permitiendo que sean ellas quienes “pinten”. En su taller, más cercano a una cocina que a un laboratorio, hierve raíces, macera hojas y cuece fibras en un proceso que describe como un encuentro “cuerpo a cuerpo” con las plantas. Chinchamale: la comunidad de las plantas nace de un viaje a la comunidad de K’acllaraccay, en las alturas de Moray (Cusco), donde Lucila participó junto al colectivo Las Warmi de un proceso de aprendizaje recíproco sobre las especies medicinales del corredor andino. Entre ellas, la chinchamale —utilizada para regular el flujo sanguíneo— fue la que más la interpeló, al ser una especie que sólo prospera en convivencia con otras. Esta condición de interdependencia biológica se convirtió para la artista en un punto de partida para repensar la organización política desde el cuidado y la reciprocidad.

La historia científica de la chinchamale resuena en contrapunto. En 1795, el botánico Hipólito Ruiz López, integrante de la Expedición Botánica al Virreinato del Perú y Chile, le confirió el nombre de Krameria lappacea y documentó sus propiedades, apropiándose del conocimiento indígena para integrarlo a la ciencia europea y a la economía imperial. Frente a esa genealogía extractivista, Lucila propone una inversión simbólica: devolver a la planta su agencia y restituir su poder de relación. El proyecto está compuesto por siete piezas textiles que incorporan las especies que acompañan a la chinchamale —el marco, la llaulli, la kiswara, el qolle, el cheqche y el chiri chiri— revelando una red viva de complicidades simbióticas. Finalmente, como parte de un gesto instalativo recurrente en su práctica, Lucila ha pintado las paredes de la galería con yerba mate, impregnando el espacio con la energía de esta planta maestra de América del Sur. La yerba, símbolo de diálogo y comunión, transforma el cubo blanco en un hábitat vivo que sostiene y resguarda el ecosistema sensible recreado por la artista.