El Tiempo y la proximidad

20 de julio al 26 de agosto

La obra de Genoveva Fernández es una obra orgánica. Lo es donde lo orgánico se define como aquello que está con disposición o con aptitud para vivir. La indudable geometría de sus composiciones establecen un doble juego, de entrada y salida, de permanencia y de escape, que parece estar allí para discutir los límites del marco del cuadro y para imponer el movimiento que, en definitiva, opera como una confirmación de la experiencia vital. En sus obras es imposible identificar dónde se empieza y donde se termina, qué las origina o qué les dará fin. En el finito horizonte humano, no es arriesgado decir que esta actitud artística es un desafío y una rebeldía.

Sus pinturas se definen por la vitalidad. Esa es la primera impresión visual, pero también emerge en cuanto se profundiza en el temperamento y, porque no, en la temática. Está claro que la obra de Genoveva Fernández no es figurativa, pero no es menos cierto que lo volumétrico remite necesariamente a lo corporal y, en cierta medida, a lo cotidiano. La metáfora aparece inmediatamente. Una figura densa, pesada, llena de contenido aparece sostenida por una elipse más delgada y aparentemente más frágil. Al mismo tiempo, la proximidad actúa de ligamento, de punto de equilibrio y de armonía.

Su pintura juega con el tiempo, lo atrapa y lo deja ir, rindiéndose frente a su total independencia. La proximidad, con sí misma y con los otros, actúa como un reaseguro y un refugio al que siempre se puede volver.

Luego está la maestría para ejecutar. Genoveva no boceta, no traslada hacia la tela sino que se enfrenta a ella sin destino prefijado. Pinta y va delineando sus puntos de fuga hasta que decide volver y enredarse otra vez en un círculo que parece no ir a ninguna parte. La sucesión de líneas y puntos tiene algo de musical y la melodía pictórica envuelve la temporalidad y cubre al observador como si se encontrara frente a la lectura de partituras. Las curvas y las elipses incesantes más el uso de una paleta cromática austera acentúa estos rasgos y los vuelve verosímiles. Dentro de una obra que se resiste a las clasificaciones, hay temperamentos que vienen de lejos y que son reconocibles. En su propio trabajo, la figura femenina está ahora velada en las formas curvas, y las reverberaciones bauhaussianas y de la abstracción geométrica están allí para apoyar la inscripción de su pintura en tradiciones que están en plena revalorización.

El tiempo y la proximidad presenta, además, obra de Fernández en otros soportes. La búsqueda de atrapar el tiempo requiere, sobre todo en las actuales circunstancias, de una capacidad de resolución variada, imaginativa y múltiple, particularmente en relación con lo matérico. Sobre uno de los paneles de la galería, dos videos en loop recrean permanentemente el universo magnético de la artista trayendo a escena el puro presente y el futuro indescifrado de la tecnología. Con sutil desconfianza, retrocede y vuelve a materiales más concisos, a la cerámica y el esmalte, para armar pequeños escenarios y retablos que no son otra cosa que marcas del tiempo regadas por el espacio de la galería. Lo único que está en condiciones de desafiar al tiempo es el arte, no porque lo entienda sino porque lo puede concentrar en un punto para lograr en aquel que mira esa sensación de asombro que solo reconocemos en algunos instantes.

Gabriel Palumbo, julio 2022